Foto: Morten Andersen(Foto: Morten Andersen)

El teniente Jorge Sanabra puede ser el millonario más afortunado de toda la loca e inútil guerra contra la cocaína. Él nunca vendió cocaína. Tampoco lavó dinero de esa procedencia (al menos durante la mayor parte de su vida). Pero un día, mientras patrullaba la selva de Colombia, su país, encontró ciento cincuenta millones de de dólares en efectivo de origen cocalero. Estaban escondidos adentro de bidones de aceite, enterrados en esa esquina remota de Sudamérica. «Todavía hay cien millones de dólares ahí en las colinas, en efectivo», dice Sanabria, años después, mientras bebe una cerveza. Luego recoge una costilla de res. Desgarra la carne como un perro feliz. La sangre de la carne se desliza por su brazo derecho y chorrea por el codo. Su hija de once años sonríe orgullosa.

Entre sorbos y eructos, a Sanabria se le nota relajado para ser un hombre que recibe amenazas sucias, e insinuaciones de gente que dice que secuestrará a su linda niña. Estamos en algún punto entre las colinas que rodean Bogotá. «Él es como Hitler, duerme en un lugar diferente cada noche, nunca dice dónde está realmente», dice Jorge Hiller, un guionista colombiano que me guió a este lugar remoto. «Cinco personas ya han sido asesinadas por culpa de este dinero». El hallazgo ocurrió en el 2003. Cada bidón de aceite contenía ocho millones de dólares en puñados y ladrillos de billetes de cien dólares. Al menos veinte de esos bidones fueron desenterrados, probablemente más. Ahora, cuando han pasado seis años, Sanabria planea regresar y obtener el dinero que se dejó, así que él mantiene la mayoría de los detalles muy en secreto.

Mientras la pila de costillas de res desaparece, un montón de botellas vacías de cerveza va extendiéndose sobre la mesa de picnic. Como la mayoría de citas en este país, aquí no hay apuro. A pesar de los retratos que la prensa produce sobre Colombia como un lugar violento y sucio, éste rebalsa de mujeres hermosas y sonrisas. Una encuesta sobre la gente más feliz del mundo colocó a los colombianos en segundo lugar el 2008. Detrás de los daneses. Por supuesto. Pero si uno toma a los daneses y los coloca en la complejidad de la Colombia moderna, los europeos podrían terminar tan bajo en el ránking como los ruandeses en términos de felicidad. Quién no estaría feliz en Copenhague con toda esa lindura rubia y el estado socialista pagando los gastos de cada día. Colombia es mucho más valiente y apasionada.

Mientras el sol se esconde en el horizonte, Sanabria y un círculo creciente de personas me cuenta la historia de los secretos escondidos en Colombia. «Se llaman Guaca. Es una palabra indígena», dice Adriana Chacón, la abogada de Sanabria, que suena más como su vocera. «En la historia aborigen, ellos escondieron sus tesoros en vasijas de arcilla dentro de la tierra. En los comienzos del siglo XX los guaqueros se encargaban de buscar y desenterrar las guacas... Los soldados llamaron a ésta su guaca porque fue el tesoro que ellos encontraron».

«Fui enviado a desenterrar una gran fortuna, probablemente muchos cientos de millones, un tesoro enorme», dijo el coronel Hernán Mejía, un oficial de élite de las Fuerzas Especiales del Ejército de Colombia, sobre una expedición que realizó. «Este hombre tenía tantas salidas de su rancho. En cada salida tiene un maletín con seis millones de dólares guardados debajo de los pisos, en los techos, detrás de un espejo. No importa de qué lado se fuera, siempre había una bolsa con efectivo».

Al describir el gran número de tesoros escondidos en Colombia, Adriana Chacón, la abogada de Sanabria, señala las montañas verdes y tupidas que rodean Bogotá. «¿Las montañas de Colombia? Eso es nuestro Banco Central».