Foto: Maxie Amena / Enviado especial

Foto: Maxie Amena / Enviado especial

PUNTA DEL ESTE.- El guardia de seguridad no le dio opción: sin el precinto no podía acceder al evento. Y Ana Rusconi no lo llevaba en la muñeca. Como había invitado a unos amigos para que la acompañasen -previo aviso a los organizadores, que no tuvieron ningún inconveniente-, la empresaria argentina tuvo la deferencia de no ponérselo y así estar todos iguales a la hora de ingresar.

Del otro lado, los invitados ya se paseaban por el perfecto césped de la estancia, degustando platos y bebidas. Ella se lo tomó con humor: "Nos valió unos diez o quince minutos de espera con la ñata contra el vidrio". Un amigo que estaba adentro avisó y, finalmente, pudieron entrar.

En Punta del Este es así: el precinto marca la línea entre los que están dentro o fuera de una fiesta. Y tal vez más que eso: porque cada vez que se acerca alguno de esos eventos que nadie se quiere perder, es el tema de charla obligado en la playa. Y con tal de conseguirlos, más de uno -jóvenes y no tan jóvenes- se ha inmerso en un mundo donde el precinto se vuelve objeto de trueque de favores.

"Tener o no el precinto es la puerta de acceso a determinada fiesta; no sé si tiene que ver con la inclusión social en Punta del Este. Los precintos son difíciles de reproducir o copiar. El que no lo tiene es porque no fue invitado. Y ésa es la bajada de línea para los porteros que están en la puerta", dice el relacionista público Wally Diamante. Según él, el hecho de poner precintos en una fiesta remite más a una cuestión organizativa; algo que no es necesario en Buenos Aires porque es una ciudad con miles de eventos donde la gente está más dispersa, y donde no todos quieren ir el mismo día al mismo lugar.

Quienes conocen la noche esteña afirman que los eventos que generan esa locura por hacerse de un precinto son siempre los mismos: la fiesta de Lacoste, la de blanco de Chandon, la de Fiat en Tequila.

"Nadie quiere perderse la fiesta de blanco y la concurrencia de invitados siempre es muy exitosa. Nuestro objetivo es que, quienes asistan, pasen una noche increíble y puedan divertirse en un lugar cómodo y seguro. Para eso, es imprescindible que la cantidad de personas invitadas no exceda la capacidad del lugar", explican a LA NACION desde Chandon.

Cuestión de seguridad

Para lograr ese objetivo, los organizadores del evento coinciden en que el sistema de precintos se vuelve clave: permite un acceso rápido y, al mismo tiempo, tener un control de la cantidad de personas. Pero, además, para la fiesta de Chandon montarán distintas vallas de seguridad a lo largo del ingreso donde, en cada una, los invitados deberán exhibir sus precintos. "Lamentablemente, por esas cuestiones de seguridad y organización nadie que no tenga precinto puede acceder. Y esta regla se cumple sin excepciones", afirman. Tanto es así, que cuentan que el año pasado un ex presidente de esa firma olvidó su precinto en su casa y no hubo forma de que pudiese franquear el ingreso.

Generalmente, son más los jóvenes quienes hacen lo imposible por conseguir los precintos. "Hay como un mercado negro, donde funciona muy bien el trueque. Intercambian precintos por plata o favores. La gente hace lo que sea por conseguirlos", cuenta Wally Diamante, para quien hay desesperación por los precintos. Incluso famosos lo llaman directamente a su casa en Punta del Este para pedírselos. Y, por supuesto, siempre hay lugar para las excepciones: nadie duda que si, por ejemplo, es Susana Giménez quien cae a una fiesta sin aviso y sin precinto, entra igual. El año pasado, la fugaz pareja Tomás Constantini-Karina Jelinek no corrió la misma suerte: sin precinto se quedaron afuera.

"Odio los precintos. Yo soy antigua, no puedo entender su necesidad. El precinto va creciendo, y tenemos que estar como las vacas, etiquetados. Termina siendo pertenecer o no pertenecer por un precinto. Y encima después no me lo puedo quitar", dice Rusconi, y enseguida se ríe de sus propias palabras.

Es que sabe que luchar contra los precintos es luchar contra los molinos de viento: en Punta del Este, pocos eventos -tal vez algunos híper exclusivos como lo fue el de Citigold en Narbona- utilizan listas con nombre y apellido. Listas a las que no pocos organizadores tildan de engorrosas frente a la agilidad de exhibir la muñeca al ingresar.

Prácticamente todos se manejan hoy con este sistema. Hasta los clásicos tarjeteros de boliche ya casi no reparten tarjetas, sino precintos. La esquina de Medialunas Calentitas, en La Barra, donde paran los chicos de alrededor de 18, es un claro ejemplo: los jóvenes no se conforman con la repartija del precinto descartable de papel que les permite el ingreso gratis hasta las 2; quieren el precinto VIP, el de plástico, para entrar gratis toda la temporada sin restricción horaria. Tanto lo anhelan, como los más adultos a aquellos precintos que les abren las puertas a las fiestas más exclusivas. Es que en Punta del Este nadie se quiere quedar afuera.

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