Lisandro Aristimuño, viento del sur(Foto: Nora Lezano)

Las crónicas del viento, el nuevo disco de Lisandro Aristimuño, no debería sorprender a nadie. Cuando presentó 39° (2007), ya era notorio el dominio que había ganado sobre su guitarra y el tímido trovador de Río Negro se había convertido en un músico resuelto que dirigía con inventiva y autoridad a su banda. Se lo notaba dispuesto a dar un salto.

Entonces, Las crónicas del viento no debería sorprender a nadie. Sin embargo, sorprende. Editado a través de Viento Azul -el sello independiente que Aristimuño acaba de fundar-, es un ambicioso disco doble, una obra dividida en dos capítulos. En el primero se lo oye junto a su grupo, los Azules Turquesas, con invitados como Palo Pandolfo, Fito Páez o Diego Frenkel. En el segundo capítulo, labrado en una soledad acústica, Aristimuño pone el caudal cristalino de su voz al servicio de las melodías.

Aunque el disco es notable de principio a fin, en ciertos momentos alcanza un nivel de calidad compositiva y de producción que supera a buena parte del mainstream argentino. En el álbum, Aristimuño dosifica con pericia su estirpe de cantautor, su aliento folklórico y los toques experimentales. La Patagonia siempre ocupó un lugar de referencia en su obra, pero en Las crónicas del viento el paisaje sureño guía el relato. La Patagonia como marco geográfico y temporal, como la tierra mítica donde tienen lugar los sueños de la infancia.

¿Cómo surgió el título, tan particular, del disco?
Tenía ganas de contar una historia que, de algún modo, es la de mi infancia. Muchas de las cosas más fuertes o más emotivas que me pasaron sucedieron cuando era chico. Entonces, decidí contar esas historias. Después me pareció mejor que las contara el viento, para darles un tono más poético. Quería darle al disco un halo de misterio.

¿Por qué decidiste hacer un álbum doble?
En realidad, tenía ganas de hacer un disco triple. De hecho, compuse los temas para un tercer disco instrumental, de música más clásica. Iba a grabarlo junto a una orquesta, pero al final no me alcanzaron el tiempo ni la guita y quedó ahí. El concepto original era hacer un disco triple: uno eléctrico, uno de micrófonos y maderas y uno clásico.

¿Qué te motivó a invitar a Palo Pandolfo, Fito Páez y Diego Frenkel para Las crónicas del viento?
Son artistas a los que le gusta mi música y con los que mi música dialoga. Se podría decir que quise hacer una película y que el guión pedía que intervinieran esos actores. La voz de cada uno de ellos es perfecta para las canciones en las que participan. La voz de Fito, por ejemplo, le queda muy bien a la épica de "Desprender del Sur", una canción que habla del Litoral. Yo la cantaba y me sonaba a Fito. Lo mismo ocurrió con Palo. Con Diego quería hacer un rap, pero que no fuera obvio. No hubiese podido hacerlo sin él porque tiene esa voz grave y esa forma elegante de decir las cosas. También hay un tema acústico, "Nada de nada", en el que me hubiera gustado invitar a Spinetta.

¿Considerás que tu música se inscribe en una tradición de rock argentino o marca más bien una ruptura?
De algún modo, la tradición y la ruptura pueden ir de la mano. Mi caso, además, es peculiar. Suele hablarse de un "rock argentino" para hacer referencia a bandas que, en su mayoría, son de Buenos Aires. Yo salí de Viedma, Río Negro, un lugar que está mil kilómetros al sur de esta ciudad. Eso ya supone algún aporte. No viví toda mi vida en Buenos Aires. No fui a ver a Charly García cuando tocaba en bares. Sólo tenía los discos y los cassettes de mi viejo. Por eso también escuché mucho folklore. Eso hizo que, cuando empecé a hacer música, surgiera algo raro. Algo nuevo, también. Cuando llegué acá, nadie hacía folklore. Ahora hay un montón de pibes que tocan zambas en bares y eso está re bueno.

¿Te sentís parte de una nueva escena que retoma la canción popular?
Sí, a full. No me gustaría fuese sólo de una moda. Por eso, me mantengo totalmente apartado de cierta idea de "folk". Junto a artistas como Gabo Ferro, formo parte de una escena que marca un momento particular de la música argentina. También me gustan mucho Coiffeur, Pablo Dacal, Pablo Grinjot y Me Darás Mil Hijos. Ezequiel Borra me encanta. Alfonsito Barbieri es una persona adorable. Admiro y respeto mucho a Lucas Martí.

¿Por qué decidiste crear tu propio sello para lanzar Las crónicas del viento?
Adoro a la gente de Los Años Luz [el sello que editó sus tres primeros discos] como si fueran mis padres. Aprendí todo de ellos, pero tenía ganas de emprender este proyecto. Uno de los objetivos principales de Viento Azul es editar discos de artistas del interior. Siento que eso es lo que tengo que hacer.

¿Cómo surgió la idea de hacer el programa Ese asunto suena raro, por FM La Tribu?
El programa nació con el mismo espíritu que el sello. Toco en muchos lugares del país y, cada vez que termino un concierto, me lleno la mochila de discos que me regala la gente. Con el sello y el programa de radio, busco difundir música que no se escucha en otros lados. En el programa tocaron en vivo grupos como La Filarmónica Cósmica, Polaco Sunshine, Mañana en la Batalla Piensa en Mí, Anetol Delmonte y otros más consagrados, como Liliana Herrero, Ricardo Mollo, Fito Páez, Diego Frenkel o Palo Pandolfo. Me encanta la idea de generar espacios distintos y que la gente no se quede sólo con lo que ofrecen el mainstream y las multinacionales.

¿Por qué crees que, si bien alcanzaste un alto grado de popularidad y la aceptación de los críticos, los medios masivos no le dan un espacio a tu música?
No sé si hay tanto misterio en eso. Simplemente, no saben qué es la música, lo que quiere decir la música. No respetan al artista ni al oyente. Los subestiman. Es una lástima que muchas personas no tengan tiempo para sentarse a escuchar un disco y sólo consuman esos medios. La gente está a mil, totalmente enfrascada en el sistema, consumiendo música como si se tratara sólo de un producto. Los medios masivos apuntan a ese público. Sin embargo, no logran establecer una buena comunicación con él y a veces se mandan algunos mocos, como cuando empapelan la ciudad promocionando un recital y después no va nadie.

EL ARRIBO

Lisandro Aristimuño, viento del sur(Foto: Nora Lezano)

En enero de 2001, Argentina estaba en plena espiral descendente. La ciudad de Buenos Aires era un brutal botón de muestra de lo que sucedía en el país. En el ámbito de la música, las disquerías más importantes cerraban locales y las compañías reducían al mínimo su actividad. A esa tierra tambaleante llegó Lisandro Aristimuño desde Viedma. "No encontré un panorama alentador", recuerda. "En algún punto, eso marcó mi carrera. Tuve que tomar un camino independiente". Protegido por el sello Los Años Luz, comenzó a grabar discos sin más presión que la de hacer canciones buenas y genuinas.

¿Qué expectativas tenías cuando llegaste a Buenos Aires?
Llegué siguiendo a mi mujer, que se había venido acá. Teníamos una relación a la distancia que ya no se podía sostener, así que me vine a vivir con ella buscando el amor. También vine porque Buenos Aires es una ciudad muy linda para los músicos. Hay recitales todo el tiempo y encontrás los discos que querés. Así que vine en la búsqueda.

¿Ya habías compuesto canciones?
Algunas, pero no me gustaban. De hecho, empecé a estudiar para ser maestro jardinero.

¿Te afectó de algún modo el hecho de venir desde un lugar tan lejano?
Cuando uno vive en el interior, ve todo con otro enfoque. En Viedma tenía una banda de covers con la que hacíamos canciones de rock nacional: Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs, Virus, Los Abuelos de la Nada, La Portuaria, Los Visitantes. Ahora escucho las grabaciones de aquellos años y me doy cuenta de que mis arreglos eran muy mainstream. Quería sonar como Soda Stereo, no buscaba mi propio sonido. A muchos artistas del interior les pasa eso. Piensan que, si no suenan como esos grupos, no tienen forma de llegar. Eso es una mentira de los medios y las multinacionales. Quiero demostrar que hay otras cosas.

¿Cómo empezó tu carrera en la música?
Cuando estaba empezando, mi viejo me pasaba guita. Además, tengo una gran colección de discos, así que vendía los que no me gustaban cuando necesitaba efectivo. Lo primero que hice fue grabar. Tenía la ilusión de grabar un disco de buena calidad no porque quisiera pegarla sino para llevarle un disco bien grabado a mi viejo y que le gustara. Entonces conocí a [Alberto] Tatu Estela, el ingeniero de grabación de mis primeros tres discos. Él había comprado algunos equipos y tenía ganas de usarlos. Armamos una dupla perfecta. Con él grabé Azules Turquesas en Tixa Records, un estudio que abrieron en Buenos Aires unas personas de Río Negro. Pude usarlo gratis durante tres días; por eso, una canción del disco se llama "Tres días". Después de grabarlo, hice copias en CD-R y, como tengo una letra horrible, mi mujer hizo la carátula. Busqué en internet los datos de varios sellos independientes, cargué la mochila con discos y salí a tocar timbres. Nunca me llamó nadie; entre 2002 y 2003, nadie editaba nada. En ese momento, yo vivía cerca de Plaza Serrano, así que empecé a tocar a la gorra en los bares de la zona.

¿Te mandabas a tocar sin problema o eras tímido?
Tenía un amigo que hacía el trabajo de manager y hablaba con los encargados de los bares. De a poco, los barcitos empezaron a llenarse. A uno de esos recitales fueron Javier [Tenenbaum] y Nani [Monner Sans], creadores de Los Años Luz. Cuando terminó el show, me invitaron a tomar una cerveza. Yo no sabía quiénes eran. "¿Les gustó?", les pregunté. "Sí, muy bueno. Nosotros somos de Los Años Luz y queremos editar tu disco. No paramos de escucharlo". En ese momento, el disco ni siquiera tenía título. Lo repartía con mi nombre y mi número de teléfono. Cuando me preguntaron cómo se iba a llamar, les dije: "Creo que Azules turquesas".

Tu segundo disco se llama Ese asunto de la ventana. ¿Tomaste el título de un texto de J.D. Salinger?
Sí, es una frase del libro Nueve cuentos. Hice el disco cuando, por una fobia, pasé cuatro meses encerrado en un departamento. Estaba mal. Leía y releía mucho. Me gusta la idea de leer muchas veces un libro porque tu interpretación cambia de acuerdo con el estado de ánimo. Hay que leer varias veces un libro para poder verlo desde distintos ángulos. En ese momento, entre mis libros predilectos estaba Nueve cuentos. Como no salía, siempre miraba por una ventana. Me encontré con la frase "ese asunto de la ventana" y supe que ése era el nombre del disco que estaba haciendo porque componía las canciones a partir de lo que veía por la ventana. Si uno realmente presta atención, descubre que desde cada ventanita de esta ciudad se pueden ver mundos diferentes.

¿Cómo recordás el período en que compusiste 39°?
En ese momento tenía más claro lo que quería hacer. Incluso era capaz de reírme de la ciudad, que en un principio me daba temor. Entré en Buenos Aires y empecé a jugar. Me metí en la fiebre de la ciudad... ¡y tenía 39 grados! Curtí la ciudad, sus bares y sus noches, a un nivel casi violento. Fue el cierre de una trilogía. Las crónicas del viento es algo distinto.

¿Cómo te imaginás dentro de unos años?
No sé. Tengo muchos proyectos en mente. Por ejemplo, hacer música para bailar. En algún momento pensé en abandonar el formato canción. Me parece que ya hice muchas canciones... Sin embargo, me gusta contar historias y qué mejor que hacerlo a través de una canción. Soy un amante de las melodías. Por ejemplo, esa canción de Fleet Foxes [tararea "Tiger Mountain Peasant Song"] me parece hermosísima. La melodía de la voz llega a las nubes.

En estos años de carrera, ¿hay algo de lo que estés orgulloso?
Muchas cosas. Estoy orgulloso de ser músico y de vivir de la música como artista independiente. Practico la autogestión y trabajo con mis amigos y mi familia, gente que no necesita ser contratada para acompañarme. Me da orgullo haber creado un sello discográfico, tener un programa de radio que promocione a artistas distintos y que la gente vaya a mis conciertos. Eso me hace bien, me pone muy feliz. Y, sobre todo, me da orgullo no transar.